Las malas noches

cuadernodemuruaHoy he soñado que iba al instituto con el pijama puesto. Hacía mucho que no lo soñaba, pero hoy lo he soñado. No me gusta ese sueño. Por dos motivos. Uno. Porque lo que siento mientras sueño es desagradable y me hace levantarme pequeña. Y con pijama. Dos. Porque es un sueño vulgar. Y me hace levantarme pequeña. Y con pijama.

Hace un par de años tuve una pelea con mi madre durante el desayuno. Por la noche había tenido el sueño. Yo estaba comiendo tostadas con la ansiedad propia de quien está irritado. De vez en cuando agachaba la cabeza tratando de controlar mi ira, y veía mis pantalones llenos de Snoopis, visión que me llevaba al límite al recordarme caminando con ellos por los pasillos de secundaria. Mi madre, cansada ya de mis monosílabos y mis gruñidos me preguntó qué mosca me había picado, o alguna otra frase hecha por el estilo. Y yo, absolutamente fuera de mí, y haciéndole responsable directa de mis bochornos nocturnos, le recriminé que no me consultara a la hora de comprar mi ropa, lo dudoso de su gusto, su falta de empatía con su propia hija. Terminé con la amenaza de no volver a ponerme, ni siquiera en casa –para que le quedara claro- ninguna prenda de ropa alegórica de los tiempos en los que aún no controlaba esfínteres sólo para que a ella no le pesara tanto el paso del tiempo. O alguna chorrada por el estilo.

Yo tenía trece años, y mi madre, a la que por supuesto no tuve a bien hablarle de mis pesadillas, me diagnosticó oficialmente de adolescencia con intratabilidad subyacente, y prefirió invertir en ropa nueva antes que soportar una lucha dialéctica aderezada de mal humor.

Mi razonamiento era muy sencillo: si mi ropa de noche era menos vergonzosa, mis pesadillas resultarían también menos vergonzosas. No es que vestir de snoopy en casa me gustara demasiado, pero teniendo en cuenta que desde que uno nace le andan tapando con ropa rosa y llena de animalitos, estaba hecha a que mi familia me viera de esa guisa. Sin embargo esta circunstancia en el instituto resultaba intolerable.

Una vez resuelto ese punto, las pesadillas me dieron tregua un tiempo. Hasta esta noche. Y en cierto modo ha funcionado, porque esta noche he soñado que me presentaba en el instituto con mi pijama que no parece un pijama. Nadie se ha reído de mí. Pero de todos modos he sufrido. Aunque mi atuendo pasara desapercibido con el de buena parte del alumnado, he sufrido, por lo que deduzco que se trata de una vergüenza propia.

Llevaba esos pantalones de algodón sueltos, como de ropa deportiva, una camiseta blanca vieja, una sudadera negra, y unas zapatillas japonesas de tela negra. Como cualquier persona cultivada y con un cierto conocimiento acerca de los procesos madurativos del ser humano sabrá, un individuo de quince años asienta su personalidad y su autoestima en torno a sus amigos. Eso significa que mi concepto sobre mí depende en gran medida del concepto que sobre mí misma tienen ellos. O lo que es más complicado y rocambolesco: del concepto que yo creo que mis amigos tienen de mí en base a mi propio autoconcepto. Ellos son el centro de mi vida en la actualidad. Lo quiera o no. En mi infancia lo eran mis padres. Es un tema madurativo de la especie a la que pertenezco, no hay que darle más vueltas. Cuando pienso en el tiempo que invertí en mi niñez practicando kárate, un deporte que odio, porque era lo que mis padres esperaban de mí desato mi irritación existencial. Incluso superado el tema de Snoopy. Ahora hago otras cosas, como no ir vestida en pijama al instituto. Quizás dentro de unos años podré hacer las cosas que realmente me gustan, saber quién soy yo en realidad, y asentar mi personalidad y autoestima en una sola persona a la que le gustará de mí lo mismo que a mí me gusta de mí. Y viceversa. Pero para eso me queda mucho, lo primero es sobrevivir al instituto y hoy tengo que enfrentarme a él, y me he levantado pequeña.

En el sueño era todo raro, no sólo mi ropa. Cuando llegaba no había nadie en mi clase, ni siquiera Sergio Dotrás Cansado, que siempre llega una hora antes porque su madre lo deja en coche antes de ir a trabajar porque vive en urbanizaciones y están mal comunicadas. A él también le da vergüenza que lo lleven en coche., aunque ese tipo de vergüenza está en vías de extinción debido fundamentalmente al estilo educativo sobreprotector que impera en la sociedad actual. No es extraño escuchar los lamentos de chavales de un metro ochenta y siete de estatura porque su madre les ha comprado los condones de un sabor equivocado.

En  mi sueño la clase estaba sucia. Uno no sabe lo que hace la señora de la limpieza hasta que deja de hacerlo. Y en el sueño no sólo había dejado de venir, sino que por alguna razón, sus utensilios estaban allí mismo y yo me dirigía a cogerlos. En mi cuarto convivo con mi suciedad con total normalidad, pero es ponerme a soñar y ver la clase hecha unos zorros y ser superior a mí el no coger la escoba y ponerme al tajo. Supongo que es la maldad onírica, la misma que me hace aparecer allí, frente a todos mis referentes, en ropa de noche. Así que empiezo tímidamente con la escoba, a pasar la superficie de los pupitres, ya que estoy me pongo con los cristales… Mis compañeros llegan casi a la hora de comer, y me encuentran terminando los suelos, con mis pantalones de algodón y mis zapatillas de japonesa. Y a nadie le resulta extraño. Ni siquiera a mí. Todos entran y se sientan, habían estado en alguna actividad extraescolar de la que yo no había tenido noticia, y se callan y el profesor apaga las luces y pasa unas diapositivas de arte, y yo continúo con las estanterías del fondo, procurando no hacer ruido ni proyectar mi sombra sobre los Van Gogh que me estoy perdiendo. No puedo dejar de limpiar, pero parece que sólo es un fenómeno extraño para mí. El sueño es largo y se extiende hasta la hora de comer. Vamos todos al comedor como de costumbre, pero al llegar allí no hay nadie sirviendo. Los poderes del subconsciente no conocen límites, y con total resignación ante los designios de mi sueño, asumo el guión y me dedico a servir el almuerzo de los alumnos de primaria y secundaria. Como si lo hubiera hecho siempre. Y mis compañeros no se burlan de mí. Me tratan con mucho respeto y educación. Bastante más de la que hacen gala a diario. Pero yo me preguntaba qué clase de autoconcepto iba a padecer cuando todos, tanto compañeros como amigos,  estaban asumiendo con semejante naturalidad que fuera yo quien me estuviera encargando de la intendencia, teniendo en cuenta que en la opinión que de mí tienen ellos ha de basarse la mía. Ojo, que no tengo nada en contra de las tareas de intendencia, pero dándose la circunstancia de ser yo una alumna, habría preferido pensar que a mis compañeros lo natural les hubiera resultado que desempeñara tareas de alumna. Como ver  diapositivas o dedicarme a hacer resúmenes y ejercicios, y a autocompadecerme como de costumbre por tener que hacerlo. En conclusión, creo que es razonable que su naturalidad me haya desconcertado, incluso una vez despierta. Cuando por fin llego a las clases de la tarde estoy agotada, apestando a comida, con pantalones de algodón y zapatillas de japonesa, sucia y despeinada.

Por fin ha sonado el despertador –cuidado que se hacen largas las noches malas-. Me he quitado el pijama que no parece pijama. Al mirarme desnuda en el espejo me ha parecido que mi cuerpo continuaba teniendo el aspecto, aún sin ropa, de responsable de intendencia. Me ha costado una ducha de media hora escuchando las protestas de mi hermano pequeño al otro lado de la puerta quitármelo: los aires subjetivos son resistentes al jabón y las altas temperaturas. No tiene ni idea ese pequeño cabrón de la mala hostia que le acecha de este lado, el del vaho, pues habría desarrollado la paciencia. Dudo que jamás se convierta  en responsable de intendencia. Lo que sí es seguro es que será adolescente e intratable,  y que algún día pagaré los excesos que estoy a punto de cometer, pero es que hoy la que tiene quince años soy yo, y he dormido fatal.

Fuente: http://miradadepat.wordpress.com/2014/02/18/las-malas-noches/

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